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Achachila: sus letras y desvaríos

Noviembre 2012

Ya se había escuchado desde el siglo IXX: algunos investigadores se familiarizaron con los restos de la cultura Maya y dedujeron que el calendario de esa extinta cultura por alguna misteriosa razón establecía una fecha curiosa: el 2012 se alcanzaría el fin de una era y si bien no era razonable hablar de un “fin del mundo” el inicio de un nuevo “Katún” marcaría serias transformaciones en el planeta tierra. Ciertos egiptólogos por su parte, en investigaciones independientes a los estudios centroamericanos, descubrieron que ni las pirámides ni la esfinge eran meros monumentos funerarios y con escepticismo inicial y alarma final, arribaron a la conclusión de que la razón de la construcción de estos gigantescos monumentos era el dejar una constancia y advertencia: el planeta tierra es un cuerpo dinámico que está sujeto a periodos cósmicos complejos: así como gira sobre su eje y se traslada alrededor del sol, en función de fuerzas cósmicas de extensiones inimaginables, sufría grandes alteraciones en períodos de miles de años; los monumentos ubicados en el actual Egipto debían prevenir a los humanos futuros sobre los efectos de dichas fuerzas; desde las presesiones equinocciales hasta serias alteraciones del campo magnético, el planeta estaba destinado a sufrir grandes alteraciones a su órbita y polaridad en una fecha que se aproximaba al final de la primera década del tercer milenio del calendario occidental. Los medios de comunicación publicaron en ciertas oportunidades información sobre estos hallazgos, mas en momento alguno se llegó a darle mayor importancia. Los académicos hacían acres comentarios al respecto y entre ironías y sensacionalismo, el mundo se preocupaba mas por los campeonatos de fútbol, las explosiones en el Pentágono y en el palacio de Buckhingam, las graves inundaciones en China y Nuevo México, la muerte de decenas de senadores norteamericanos, las sangrientas rebeliones palestinas, la grave crisis de los hidrocarburos, las explosiones de las plantas nucleares de Könninsberg, la caída de la bolsa de valores norteamericana, la pandemia de una nueva cepa de varicela mortal para el hombre, los enfrentamientos pavorosos en África entre etnias, la desaparición de los anfibios terrestres, del atún, la caballa, y los cangrejos de las nieves en los océanos, la agonía del Amazonas y aunque parezca increíble, la polémica desatada con la última Miss Mundo que resultó ser un homosexual operado. El tema es que en julio del 2012, mientras varios países decidían mantener sus fronteras cerradas y se sacrificaban millones de reses para evitar la pandemia que cobraba cada día miles de vidas, una serie de graves terremotos sacudió las principales fallas de las placas continentales, con el agravante de que mas de setenta volcanes hicieron erupción e inmensas marejadas asolaron las costas de todos los continentes. Ya no pudiendo mantener a las masas distraídas con fútbol, travestis y supuestos terroristas islámicos, los gobiernos del mundo tuvieron que realizar una cumbre extraordinaria: ¿qué era lo que exactamente estaba ocurriendo en un planeta super poblado y estremecido por violentos fenómenos? Empleando cobertura satelital, a fines de agosto, se leyeron las conclusiones: de acuerdo a los mejores especialistas de Harvard, Yale, el MIT, Oxford, Cambridge, Lovaina y otras renombradas instituciones universitarias, no existían razones para suponer una relación causal entre los movimientos sísmicos, los desastres meteorológicos recientes y las convulsiones sociales; de acuerdo a estas celebridades, el principio del equilibrio pronto determinaría que las condiciones se normalicen, pidiendo a los habitantes del planeta esfuerzos por no agravar las crisis. Se crearon fondos de ayuda internacional, y se dispuso la unión de esfuerzos para superar las tragedias y enfrentar los hechos con raciocinio; como epílogo, el Papa romano, rodeado de archimandritas ortodoxos y varios ministros de las iglesias evangelistas, se dirigieron al planeta pidiendo mantener la calma, desmintiendo cualquier rumor de fin del mundo. Tales declaraciones parecieron surtir efecto, sobre todo en las bolsas de valores de las principales economías, y hasta inicios de octubre las estructuras de gobierno recibieron un respiro y se dieron pasos para asumir acciones que enfrenten la infinidad de emergencias. Nadie podía empero dejar de observar en caucásicos, orientales, americanos y africanos, una actitud de desesperación e incertidumbre, ¿cómo digerir las incontables muertes y tragedias que recientemente se venían dando? Una resolución importante de la comunidad de naciones fue el de prohibir tácitamente la emisión de noticias o comentarios que se relacionen con ideas de tipo apocalíptico: Dios no habría resuelto acabar con la vida en el planeta como castigo, ni era cierto que se avecinaba una hecatombe mundial, ni los mayas o egipcios tenían idea alguna de lo que en su momento plantearon: los medios de comunicación fueron forzados a emitir solo noticias censuradas y se les obligó a privilegiar en sus emisiones series cómicas y frívolas que recapitulando las series “Friends”, “Los Simpson”, “Star Wars”, “Dalma y Greg”, “Charmed”, y similares mantendrían a la población apartada de toda inquietud mayor a la que vivían cotidianamente. Hasta que llegó la madrugada del 23 de octubre: ni un solo punto del globo dejó de sentir el terremoto global que echó por tierra todos los intentos de control planetario; la catástrofe acabó prácticamente con toda calma y ricos, famosos, poderosos y gente común comprendió que el mundo que habían conocido hasta entonces se encontraba expirando ante sus ojos. Habiéndose resuelto generar una cadena de información única y planetaria, quienes aun podían hacerlo, veían televisión u oían radio en una misma señal que testarudamente insistía en leer pasajes bíblicos y pasar información sobre medidas que superarían las críticas condiciones que sufría el globo. La ley marcial se dictó en todos los países y curiosamente, todos los estados se arrodillaron ante el gobierno norteamericano que –en franca muestra de hegemonía- dictaba desde meses antes órdenes y legislaba sobre el planeta, a excepción de restringidas regiones que consecuentemente resolvieron mantener su rebeldía contra los poderes del mayor imperio capitalista que conociera la historia. Todo fue en vano: a cuatro días de iniciarse el plenilunio de noviembre, la tierra entera empezó nuevamente a temblar, y no se detuvo ni apaciguó. Cientos de ríos perdieron su cauce, miles de ciudades quedaron desiertas y en un clímax de horror, la noche del 17 de noviembre, el planeta pareció detenerse: el día 18 de noviembre del 2012, duró 57 horas y cuarenta y nueve minutos. La faz del planeta expuesta al sol por esas veintiocho horas expuso a los seres vivos a cantidades tales de radiación que en dos semanas solo quedaron rastros de vida; la parte sumergida en penumbra sufrió tal descenso de temperatura que marcó la extinción de muchas especies y millones de humanos entregaron sus almas en tal oportunidad. Desde diciembre del 2012, los escasos habitantes sobrevivientes debieron soportar nuevos maremotos y terremotos para los cuales no existía escala alguna y en la anarquía total, el gobierno mundial instalado recientemente desapareció como consecuencia de la pérdida de comunicaciones y lo que es peor, la desaparición en las entrañas de la tierra de quienes intentaron gobernar al mundo desde las montañas Norteamericanas, horadadas décadas atrás como protección de ataques termonucleares que nunca ocurrieron. Demás está decir que la contaminación emergente del colapso de todas las bases de generación de energía nuclear se encargó de inmensas áreas, los derrames de químicos letales y petróleo hicieron un similar y funesto trabajo y gigantescas tormentas huracanadas agravaron más aun la tragedia. El 1º de enero del 2013 solo algunos miles de humanos recordaron el inicio de un “año nuevo occidental” y quienes contaban con medios para señalar el polo magnético se sorprendieron al descubrir que la tierra poseía nuevos polos y nuevo ecuador. Al igual que un perro empapado en agua y fango, la tierra se había sacudido de encima en contadas semanas, el lodo que por demasiado tiempo la había concebido como “de su propiedad”; los pocos humanos que aun sobrevivían, ya no se creían los dueños de la creación, no pensaban que la tierra era un regalo de su errada noción de divinidad y con una mezcla de agradecimiento –por sobrevivir- y terror –ante una realidad aplastante- se postraban ante una fuerza universal que no tenía nombre en árabe, arameo, latín o idioma conocido alguno. P. S.- El amanecer del 8 de marzo del 2013 nació mi último hijo, solo tuve para él un techo improvisado, agua de vertiente y algunos objetos rescatados del reciente pasado. Sobre tres láminas de cobre, escribí este relato, para que en el futuro, este niño desamparado sepa que el orgullo humano es “pelusa de otoño” como Sun Tzu alguna ves llamó al sentimiento que hizo a muchos nombrarse emperadores, representantes de Dios en la tierra o lo que es mas trágico, imágenes del Creador. Solo espero morir una vez criado este nuevo ser, que nunca sabrá lo que es un archivo adjunto, un fórmula 1, fotos satelitales, una Miss mundo ni una copa WEFA; estoy plenamente convencido que –en ese sentido- no se perderá de nada, y por cuanto tendrá mucho que aprender y hacer, vivirá libre de las graves fallas que hicieron del humano un ser insolente y soberbio. Quien sabe él y quienes lo acompañen, sí podrán conocer la dicha construida sin la esclavitud ajena, la explotación infame de inermes seres vivos y el maltrato ciego a un planeta que estuvo antes que nosotros y todavía permanecerá orbitando al sol, una vez extinguido el último humano de su superficie. --------------------------------- Oscar Achá (XI –2005)

Los cachorros del marchista

Esta es la historia de Reinaldo Chamas, un joven de clase acomodada de la ciudad de La Paz, criado diligentemente por una familia de abogados con las comodidades que se espera en casos propios de familias con buenos ingresos mensuales, solo dos hijos y aspiraciones sociales ‘características’.

Reinaldo fue un alumno inconforme desde la primaria y pasó de colegio en colegio por bajo rendimiento, consumo de bebidas, exceso de faltas, consumo de marihuana, indisciplina grave y logró salir bachiller contando con dos años aplazados en secundaria, poca vocación por alguna carrera específica y una muy marcada atracción por la música andina: la mayoría de sus amigos eran músicos de conjuntos de diverso éxito en las peñas de su ciudad, y si bien en el transcurso de los años aprendió a tocar quena, tarka y charango (además del bombo) como nunca mostró particulares aptitudes, a su momento debió contentarse con ser oyente y no interprete.

A sus 21 años sus padres le financiaron un viaje de Newport para que en compañía de unos tíos paternos, se motivase por el estudio y alguna profesión alcanzase. Fue buen intento pero solo se logró que Reinaldo aprenda a ser autosuficiente, a viajar con bajo presupuesto y a contentarse con lo que tenga para soportar cada día.

Reinaldo retornó a La Paz, se hizo un ‘prestamo’ de sus padres e instaló un boliche mezcla de peña folclórica, café internet y tienda de artesanías en una calle populosa de su ciudad. Conoció a Fabiana Morales, tuvo dos niñas y entre separaciones y reconciliaciones, suele pasar sus días escribiendo en revistas de ‘vanguardia’ foros literarios y tratando de integrarse en movimientos andinos supuestamente místicos y de liberación social.

Se acuesta en las madrugadas, y duerme hasta casi medio día, come cuando tiene hambre, ama a sus hijas y soporta a su pareja la cual siente verdadera fascinación por lo oriental y extranjero en general.

Reinaldo se hizo amigo de varios agitadores sociales de ascendencia aymará y participó en las jornadas de mayo, febrero y el octubre ‘negro’ que –como el suele afirmar- iniciaron la revolución de retorno al tawantinsuyo.

Entre su pareja orientalista fanática de los extranjeros, sus hijas conservadoras y su vida de liberal, los días de los Chamas pasaron por años sin demasiadas anécdotas aunque no pocas amarguras.

La profecía

En septiembre pasado, en una visita a una comunidad de la provincia Omasuyos, Reinaldo fue presentado al Tata Tajsiri, mentado yatiri ducho en el arte de la adivinación con medios andinos. Con mas curiosidad que fe, Reinaldo se encerró en una pieza con el Tata Tajsiri y se atrevió a inquirir sobre su futuro: poco recuerda de lo dicho por el yatiri (en gran parte como consecuencia del alcohol de caña que corría en sus arterias y el efecto del abultado bulto de coca que llevaba horas en sus cachetes. Solo algo le había impactado: y es que el tata Tajsiri en un momento le dijo de modo muy serio: “por descuido puede ser que tus cachorros se enfrenten unos a otros y salgas perdiendo; veo sangre y escucho mucho ruido…veo tristeza en tu sendero dentro de menos de un año”

Reinaldo (ateo confeso y poco creyente en el destino o las adivinaciones) solo conservó ese recuerdo, aunque mayor relevancia para el no tuvo en su momento (el sabía que sus hijas eran muy unidas); curiosamente, pese a la coca que mascaba, al cabo sintió necesidad imperiosa de dormir y se acostó encima de unos cueros de oveja dejando al Tata Tajsiri libre para salir a seguir libando los ponches de la comunidad por el resto de la noche. “¿Futuro? Uno mismo se hace su futuro, bueno sería que se pueda adivinar, que tontería...” musitó mientras un sueño intenso lo invadía.

Junio de 2005

Reinaldo se ofreció gustoso en junio a integrar columnas de marchistas encargadas de bloquear La Paz. Día tras día por dos semanas se encargó de bloquear carreteras, calles y avenidas, día tras día arrojó piedras, corrió huyendo del gas lacrimógeno, silbó, gritó, insultó e hizo gala de su “conciencia revolucionaria”.

Por las noches, dormía donde podía (por lo general con el abrigo de la coca y el alcohol) y cuando tenía que retornar a su hogar, trataba de evitar cualquier comentario a sus hijas que con sus 15 y 17 años, ya se percataban de la ‘curiosa’ manera de ser de sus padres y aunque estudiaban en el mismo Instituto Americano que su padre alguna vez había conocido y compartían valores burgueses (puperas, discman, gameboy, CDs, PC, ICQ, jeans de lycra, dietas de moda y twister), sentían que ‘algo’ no estaba del todo bien en su hogar y a manera de compensación, lograron un vínculo emocional fuertemente estrecho entre ellas y lo que no recibían de sus padres lo equilibraban amorosamente entre ambas.

Fue un jueves en la madrugada la última vez que Reinaldo iría a ver juntas a sus hijas, al cabo de los silbidos de sus compañeros revolucionarios, Reinaldo –sin ducha ni desayuno- salió sigilosamente de su departamento y presurosamente se dirigió con sus tres compañeros a la ceja de El Alto, conforme a las consignas recibidas, desde ese punto se integrarían a una columna de marchistas mineros que tratarían de tomar la plaza Murillo.

A las 11 de la mañana estaban por fin, dispuestos los seiscientos mineros con su refuerzo de la ciudad y El Alto dispuestos a bajar hacia su objetivo.

Reinaldo recibió cinco cartuchos de dinamita con mecha corta, nunca había tenido en sus manos arma alguna pero no dudó en coger alegremente los cinco “cachorros” y distribuirlos en sus bolsillos, a la hora de iniciada la marcha su amigo Pedro le pregunto: “ Che Reinaldo y tu alguna vez usaste un cachorro?”

Ante la respuesta negativa de su compañero de marcha, Pedro y Justino diligentemente le explicaron: “ debes tener un cigarro prendido en tu boca, antes de acercarlo a la mecha debes soplar la lumbre del pucho, y una vez rojita, debes prender a mecha y tirar el cachorro tan lejos como puedas, no te olvides que la mecha esta calculada para menos de cinco segundos nada mas, ¿sabes la fuerza de un cachorro?”
Mostrando destrezas didácticas, sus camaradas decidieron hacer una muestra práctica, al llegar a una curva de la autopista, Justino prendió un cachorro y lo lanzó hacia un rincón lejano del bosquecillo; a los tres segundos la explosión mostró a Reinaldo que los cilindros que tenía en sus bolsillos no eran juguetes.

Pedro le conminó a hacer la prueba y con los cinco tragos de alcohol que ya había tomado, no dudó en hacer lo que le indicaron y hacer explotar a un pequeño arbolillo en medio de senda explosión. Los marchistas ni se inmutaban y seguían su camino, con una convicción evidente. Reinaldo se sintió seguro y poderoso: la reacción del estallido fue como tres tragos de alcohol, volvió a tomar su lugar en la columna y se dejó envolver por el movimiento de cientos de cuerpos decididos a cumplir su consigna: tomar la plaza Murillo.

La columna estaba a cuatro cuadras de su objetivo: en su camino Reinaldo fue testigo de doce pateaduras, chicotazos y empellones a personas (hombres, mujeres y dos ancianos) que tuvieron la mala suerte de cruzar su camino con los obnubilados marchistas. En un determinado momento, vieron llover sobre la punta de la columna mas de diez proyectiles de gas lacrimógeno, la columna se detuvo: cinco ‘compañeros’ desplegaron una bandera roja e indiferentes a las nubes de gas, a gritos pidieron seguir, seguir hasta ¡las últimas consecuencias!

Reinaldo no lo dudó: se puso al lado de Justino y detrás de la bandera, reinició la marcha. Sus compañeros hicieron lo propio y avanzaron cuadra y media mas, haciendo retroceder a los policías que tenían ordenes enérgicas de no llegar a combatir cuerpo a cuerpo.

Denisse y Dyana (herederas –en su nombre- del gusto de su madre por lo extranjero) se encontraban prohibidas de aproximarse a las marchas y conflictos del centro de la ciudad. Empero, precisamente ese día, su madre les había rogado ir al correo a recoger un sobre que ella esperaba ansiosa de un ‘gran’ amigo suyo de Bélgica. A las 9 y 30, ingresaron al edificio del correo, se dirigieron a la sección de entrega y con el carnet de su madre, pidieron que se les entregue el sobre que había llegado para su excéntrica progenitora.

Una vez con el sobre en su poder, ambas hermanas se dirigieron hacia la salida y estando ya en los últimos escalones vieron como cientos de mineros bajaban corriendo de las inmediaciones de la plaza Murillo, perseguidos por un carro antidisturbios de la policía y decenas de efectivos uniformados. Ambas adolescentes –por lo general cautas y recatadas- se tomaron de la mano y se quedaron asombradas a mirar las violentas acciones: varias detonaciones de dinamita detuvieron a los policías y al carro, otras mas parecieron estar a punto de dañar al vehículo y vieron como decenas de mineros retomaban sus pasos y se precipitaban sobre el vehículo. No habían llegado muy cerca cuando cinco motocicletas llegaron impetuosamente y con enérgicas acciones volvieron a poner en fuga a los revoltosos; estos en su carrera se aproximaron al edificio del correo y fue entonces que Denisse y Dyana se dieron cuenta del riesgo que corrían: se voltearon y avanzaron hacia las puertas del correo, no estaban a mas de diez metros de las puertas y vieron aterradas como estas eran cerradas por dentro para evitar el ingreso de los mineros; desesperadas, ambas hermanas corrieron de todos modos hacia el acceso mas cercano y golpearon con desesperación los cristales de la puerta; no recibiendo respuesta, corrieron a refugiarse a unos buzones adornados con plantas en el atrio de dicho edificio.
Reinaldo estaba fuera de sí: habiendo lanzado dos de sus cachorros en su retirada, vio como uno de ellos lanzó contra la pared a un policía, sintió un fuerte golpe propinado por uno de los acompañantes de las motocicletas y con sangre en sus labios, procedió a arrojar uno cachorro mas en dirección a los policías, pero este no explotó.

Los policías se detuvieron en la acera opuesta de la avenida, vieron como se reagrupaban los mineros y su oficial les ordenó detenerse. Al observar la actitud de los uniformados los mineros lanzaron una andanada de dinamita en su dirección y en un raptus de extrema violencia, decidieron hacer volar los cristales del edificio que se encontraba a sus espaldas. Reinaldo se sumó a la medida y prestamente prendió sus últimos dos cachorros y los arrojó enérgicamente hacia el edificio: ambos rebotaron contra los cristales y por extraña coincidencia cayeron juntos, detrás del buzón ornamental, donde dos señoritas aterradas intentaban protegerse de una violencia que no entendían y que por vez primera sufrían: lo último que escucharon en su breve y curiosa existencia fueron dos explosiones cruentas que cegaron sus vidas. Nunca se enteraron que los cachorros de dinamita que apagaron sus ilusiones fueron encendidos y arrojados por las mismas manos que en el pasado les habían hecho jugar, que en el pasado les habían divertido con sus malabares y que nunca les habían castigado.

Epilogo

Reinaldo supo de la muerte de dos jovencitas por la noche, mientras celebraba con sus compañeros las acciones del día: los noticiosos informaron de las víctimas pero no mostraron imágenes ni dieron nombre alguno, ebrios y abotagados, los mineros gritaron a coro: ¡Gloria a los cooperativistas mineros!, ¡Muerte a los káras paceños! Semiconsciente, Reinaldo se sumo a la arenga: ¡Gloria! ¡Mueran!

El sábado en la madrugada, Reinaldo retornaba a su casa y le costó trabajo entender el significado de las coronas de flores y la presencia de sus padres: al ver los dos ataúdes blancos, subitamente entendió parte de su tragedia.

Al conocer los detalles de la muerte de sus hijas (mis cachorras, les decía desde niñas), al ver imágenes de un video grabado desde el obelisco, se percató para su horror, que el sujeto de chamarra negra y sombrero rojo que arrojaba los cachorros hacia las puertas del correo era Reinaldo Chamas, padre y asesino de Denisse y Dyana Chamas Morales. El tata Tajisiri pudo leer su futuro pero el no lo creyó posible.

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Oscar Achá (9 de junio, 2005)

Rebelion en el infierno

La rebelión del infierno

Desde su fundación, el infierno a sufrido conmociones de diversa naturaleza; de cuando en cuando, desde que Beqa se atrevió a generar la gran rebelión de los ángeles y por su intermedio generar lo que vendrían a llamarse huestes infernales (recordemos a la derrota sufrida por Beqa a manos del Arcángel Miguel y la consiguiente maldición y destierro a los mas de dos cientos ángeles rebeldes) en los reinos regidos por Satán se generaron eventualmente diversas rebeliones y conflictos, que como es lógico suponer tendrían que ser naturales, pues si sus pobladores son seres malignos, nada que sea noble, empático ni solidario podría esperarse entre Caacrinolaas, Chobabiel, Belcebú, Crocell, Dalkiel, Ertrael, Faluros, Fleretty , y los cientos de señores del averno.

De hecho, la conformación de los reinos y regiones infernales fue resultado de las enconadas luchas que entre Zimimmar, Agares, Astoreth, Baal, Crocell y sus eventuales aliados (quienes –como no podía ser de otra manera- se traicionaban permanentemente) libraron con todo tipo de maldades y crueldades, hasta que Samael dispuso la distribución de reinos y regiones para que de alguna manera lo dejen tramar en relativa calma sus maldades.

El hecho es que Jeqón (uno de los primeros incitadores a pecar de los ángeles caídos) no contento con su insidia, se alió con Ukobak y Xaphan a mediados del s. XIX de la humanidad cristiana y generó una importante asonada infernal con el argumento de que en la tierra los hombres parecían estar demostrando mayor cualidad dañina que el mismo averno: se alzaron numerosas legiones en rebeldía planteando una reestructuración infernal: Verdelet, demonio de segundo orden, incentivó las rebelión mostrando vividas imágenes de la guerra Franco prusiana, las revueltas en sur América, la guerra civil norteamericana y poniendo en duda las habilidades de los monarcas principales del infierno, que por lo que Verdelet afirmaba, estaban quedando atrás entre los discursos de libertad, independencia, nacionalismo y otras consignas humanas que desmerecían las maquinaciones de Belcebú, Astorith, Baalberith y la ofícialía de los reinos del mal.

Para Satán, Belcebú y Lucifuge las asonadas rebeldes no fueron nunca novedad, y desde las cruzadas, la reforma y batallas de post reforma, pasando por la revolución francesa, y el exterminio de aborígenes americanos (que fueron motivo de revueltas también en los reinos del mal) siempre habían hecho prevalecer sus condiciones de dueños y señores del infierno.

Pero al llegar el Siglo XXI de la Cristiandad las cosas se complicaron para los emperadores del averno. En pocas palabras se sabe (por una fuente que prefiere mantener su anonimato) que el averno es un infierno últimamente: las luchas internas son feroces, solapadas y manifiestas, con armas sucias y maquinaciones indebidas en dichas regiones.

Concretamente se sabe que Sadkiel y su segundo Mefistófeles, adoctrinados por Peneme han hecho circular por los reinos y sus regiones información que cuestiona mas que nunca la tarea de los indiscutibles señores Satán, Belcebú y sus allegados: con datos evidentes y gráficos, demuestran que en el reino de la humanidad (el cual tradicionalmente es su materia prima) sin necesidad de la intervención de los príncipes y duques del averno, en aras del amor nació la peste del SIDA, en aras de la paz, se masacran cada día miles de seres inocentes, en nombre del desarme se bombardean mezquitas, escuelas de lectura del Corán, y se torturan a religiosos; en nombre de la democracia se postulan mentiras de todo calibre, en nombre de la equidad se conculcan las libertades, y en nombre del Señor Bendito Dios del universo (no muy popular en el averno desde luego) se generan atentados de carácter sangriento, se consagran mentirosos y arrogantes, se engañan a generaciones enteras de seres inocentes, se maltrata a los agnósticos y se pretende quemar en fogatas reales y virtuales a los apóstatas ¡y todo sin que intervengan directamente las huestes del mal!

Buen número de demonios y ángeles caídos, han generado un movimiento revolucionario de proporciones gigantescas, hartos ya de no poseer fuentes de trabajo (afirman que es evidente que los humanos ya no necesitan de Baal, Satán, Belcebú, Malfas, Kasdaya y los innumerables agentes del mal) se encuentran en franca lucha contra sus señores, duques y comandantes.

Nuevamente, -como lo hizo a su momento- Jeqón es uno de los principales gestores de la rebelión: conforme milenios atrás lucharon con el Arcángel Miguel, se sabe que varios ángeles caídos entraron en conversaciones no autorizadas con dicho Arcángel para analizar la probabilidad de un retorno, acogiéndose a una amnistía que podría dictarse desde los prístinos cielos, con lo que cesarían milenios de existencia de las huestes infernales.

Obviamente, los señores principales del averno reaccionaron con energía y contraatacaron los intentos sediciosos con medidas que parecen no estar funcionando como lo predijeron; para colmo de males, en el reino del mal corre el rumor que al enterarse de la posible amnistía a dictarse desde la Suprema Corte Celestial, emisarios de Belcebú, Sargatanás y Zafan iniciaron conversaciones secretas para acogerse ellos también a tal perdón Celestial.

Es posible que si se confía en la fuente consultada, los mismos días del infierno estén contados, aunque una fuente superior (que también pidió mantenerse en anonimato) aclaró que si bien la posibilidad de tal perdón divino nunca estuvo totalmente desechada, por lógica universal tendría que plantearse la sustitución del averno por el reino que lo ensombreció: el de la humanidad, que por lo analizado, bien puede tomar su lugar, en virtud de haber demostrado particular aptitud para el asesinato, el encubrimiento, la envidia, avaricia, lujuria, gula, inequidad, hipocresía y la capacidad sorprendente de actuar del modo mas despreciable usando como banderas ideales celestiales como son la religión, la verdad, la equidad, democracia y el amor.

Es muy posible que las disposiciones finales sobre estas revueltas infernales se encuentren en fases terminales, lo que podría darse al completarse el ciclo del Katún previsto por los sabios astrónomos mayas en 2012.

Prometemos mantener abiertas nuestras fuentes de información para proveer datos respecto a tan importante y trascendental hecho histórico.

Achachilas del Ande

San Pedro, los espíritus del Ande y el Ingeniero

I De la página social de Andinia

Esta es la historia de Diego Belaúnde, hijo de una familia de encumbrado nivel social de la sociedad de Andinia, una ciudad en constante crecimiento y con florecientes negocios que permiten a sus habitantes un desarrollo fuera de lo esperado en su patria, lastimosamente tipificada como subdesarrollada y en permanente crisis social.

Diego es el hijo único del Ingeniero Isaac Belaúnde y de la conocida periodista Mercedes Junkers, gerente y propietaria de un canal de televisión de creciente teleaudiencia. Desde niño mostró notable intelecto y marcada predilección por el arte gráfico y el sonido: a sus seis años produjo una radio novela de cuatro episodios con sus primos mayores que él, que le valió elogios de todos sus familiares. Pintaba, tocaba guitarra, practicaba tenis y pertenecía a las mejores instituciones educativas de Andinia. A los trece años, se fue a estudiar a Stuttgart con sus parientes maternos y no volvió en doce años a su ciudad natal.

Fue la muerte de su padre la causa de un súbito retorno a Andinia: ya con un doctorado en ingeniería química, trabajador brillante de la Shering D. I., abandonó sus planes de vida germanos y resolvió vivir en su ciudad natal acompañando a su madre que una vez viuda, encontró consuelo en su ya importante medio de comunicación, al que se dedicó con renovados esfuerzos.

Diego consiguió pronto dos trabajos: era el químico responsable de la Farmacéutica Boëring S. A. y catedrático invitado en la Universidad Autónoma Independencia de América en la facultad de Ingeniería.

Retomó la vida de los Belaúnde, que correspondía a la típica familia de prestigio en Andinia: Poco trato con extraños, vehículos 4 x 4, casa con guardias privados, eventuales cenas en los restaurantes de los mejores hoteles de la ciudad, viajes frecuentes a los alrededores agrestes de Andinia, y cada año una gira por Norte América y Europa; romances selectos, asistencia a actos oficiales, asistencia a los cócteles del cuerpo consular, respeto extremo por la vida privada y una vez al mes, hacerse ver en la misa dominical de la Catedral.

Todo cambió una noche de julio, sin previo aviso ni advertencia: tres desconocidos asaltaron la vagoneta de Mercedes Junkers, la hirieron gravemente de bala, dejándola tendida en la acera y marchándose con el Mitsubishi (lamentable, pero típico caso del vandalismo que desde unos años atrás asola a Andinia).

Doña Mercedes fue puesta a salvo en la clínica mas renombrada de de la ciudad; dada la gravedad de las heridas, fue trasladada a La Florida primero, y a Stuttgart después. En dicha ciudad alemana quedaría la madre de Diego por diez y seis meses, a cargo de renombrados especialistas y fisioterapeutas que devolvieron la movilidad a sus miembros y trataron el cuadro post traumático que sufrió esta acomodada dama, que solo había oído hablar de crimen, sin sufrirlo jamás en carne propia.

Diego tuvo que retornar pronto de La Florida –donde acompañaba a su convaleciente madre- a Andinia. No deseando renunciar a su cargo en Boëring S.A., ni a la universidad, se hizo cargo de la gerencia general del Canal 4 con lo que se convirtió en uno de los mas ocupados integrantes de la sociedad de su floreciente ciudad.

Meses antes, mas por presiones sociales que por afecto real, Diego había iniciado un noviazgo con la Srta. Marlene Castillar, hija de industriales conocidos y de su círculo social, pero con todo lo acaecido, la relación se redujo a eventuales llamadas telefónicas que en la práctica no tenían mas que carácter protocolar. Diego parecía no estar preparado para nuevas relaciones.

II Quiebre total

Los sábados por la noche, Diego empezó a salir con Michael (Socio y gerente de producción del Canal 4), dos amigos de este último: Germán el antropólogo social y Dámaso un conocido acuarelista del medio artístico Sud americano. Solían ir a beber unos vasos de whisky, hablar de cosas diversas, comentar de política y mujeres. Al cabo, Diego se re introdujo (luego de años de haber conocido el hashish en la Universidad de Stuttgart) en el circulo de bohemios de fin de semana de clase acomodada, pipas de alabastro o alpacca con las que eventualmente fumaban cannabis y sus derivados, sin exageración ni vicio alguno.

Diego se mantuvo en sus tres trabajos, cumplía a cabalidad con todos ellos, pero en la soledad de su casa, empezó a encontrar una faceta desconocida de él hasta entonces: sentía con frecuencia la presencia de su padre, en varias oportunidades le pareció verlo sentado en la biblioteca e intuía que su padre (o su espíritu en este caso) se mantenía muy cerca suyo.

Cierto domingo, almorzando en su casa con Germán, se atrevió a comentar sus curiosas impresiones y quedó sorprendido al encontrar plena apertura de su amigo: “Pues claro, solo los escépticos redomados pueden ignorar la existencia de los espíritus; yo mismo tuve varias experiencias con ellos…” dijo Germán ante el asombro disimulado del ingeniero Belaúnde. Ahondando en el tema, Diego se enteró del círculo de espiritualistas que su común amigo Dámaso frecuentaba y quedó intrigado al enterarse que de acuerdo a lo que solía comentar su amigo artista, los espíritus del Ande se comunicaban con él frecuentemente y le inspiraban su quehacer plástico. Decidieron llamarlo y supieron que precisamente en esos momentos, Dámaso se dirigía a una reunión con quien el llama el tata Pedro; luego de unas palabras, Diego le preguntó si le importaba que lo acompañase y quedó comprometido a salir en una hora a visitar al mencionado tata Pedro. Germán debía cumplir obligaciones diferentes, y se excusó. Se sentaron a beber un café y minutos antes de las tres de la tarde, escucharon la bocina de la camioneta de Dámaso.

Fueron los tres amigos hasta una plaza cercana a la casa Belaúnde, Germán descendió y tomó un taxi; a continuación Dámaso llevó a Diego a una alejada zona periurbana, donde nunca antes había pisado un Belaúnde en generaciones.

III El tata Pedro

La casa era rústica, de adobe sin revocar, el piso de tierra, varias plantas ornamentales en latas de diversa procedencia a la manera de tiestos, todo era cual corresponde a una vivienda mas de las clases desposeídas sudamericanas; Diego trataba de no mostrar extrañeza, pero se sentía realmente fuera de lugar, nunca antes pasó por esas calles, nunca antes habló con esa gente.

“Pasen, adelante por favor, siéntense en esta banquita” –dijo un joven humilde que supuso Diego era alguien de la familia que visitaba- ya viene mi abuelo, “está en el baño ahorita, ¿desean un poco de coquita?” –preguntó amablemente el muchacho y sin esperar respuesta, abrió una caja de cartón y sacó una bolsa de plástico verde con un buen número de hojas de coca, pasándola sin comentarios a Dámaso.

Nervioso, Diego vio como Dámaso se llevaba un buen número de hojas a la boca y tras morder un trozo de una sustancia parecida al carbón (que el sabía llamaban llijta) se sentó a esperar sin denotar preocupación alguna. El artista hizo un ademán de pasarle la bolsa de coca, pero al percibir su expresión, recogió su mano y con un guiño, le dio a entender que no debía preocuparse.

Al cabo de minutos entró un hombre casi anciano, de evidente origen indoamericano: su piel denotaba fuerte exposición al sol, al viento y a la intemperie, su ropa era en extremo simple y claramente se veía que le faltaban varios dientes y otros tantos estaban deteriorados. “Tata Pedro, espero que no se enoje, pues vine con un amigo, es el ingeniero Diego, quiso venir a conocerlo” cogiéndo el codo de Diego hizo que extendiese la mano y saludase al menudo tata Pedro: “¿Cómo esta usted? Perdone el haber venido sin avisar, pero me agradaría conocerlo…” -dijo estrechando una mano curtida, sincera y morena.

Sentados informalmente, hablaron del fútbol, de los problemas de alumbrado de la zona, del perro con rabia que había mordido la anterior semana a varias personas y estaban burlándose de un ministro del gabinete cuando, los ladridos del perro y el abrir de la puerta de chapa de zinc, anunció la llegada de tres personas mas a la informal reunión.

Diego conoció a don Gaspar, su sobrino Hugo y a un maduro hombre de larga barba blanca que se presentó como Jorge, profesor de filosofía en el Universidad Privada Andina, comentaron cosas superficiales por quince minutos y a la llegada de una niña, aparentemente la nieta de don Pedro, este les informó: “bueno caballeros, dice Sarita que ya está preparado todo, podemos ir si están de acuerdo a la gruta..” Agarró una bolsa que le entrego la niña y se levantó resueltamente.

Todos se pararon, salieron en grupo y se pusieron a caminar alejándose de las casitas de la zona, anduvieron por media hora entre los rincones de una quebrada cercana y dado que el camino era arduo, todos –excepto Diego- caminaban en silencio obligado por lo empinado de la senda y el notable bolo de coca que en su boca humedecían. Diego sentía cada vez mayor aprensión, -¿a donde vamos? ¿Que es esto? ¿a que se refería Germán con lo de los achachis de la montaña? ¿Por qué el se encontraba haciendo algo que no tenía previsto?

El hecho es que siguió caminando con el grupo y pese a que se encontraba muy agotado, siguió los pasos de ellos hasta que de pronto, sin previo aviso, al torcer la senda improvisada, encontraron una gruta natural; todos se detuvieron sin ingresar a ella, se sentaron en círculo y en forma semi ritual, se sacaron sus zapatos, sus relojes, y obviamente, todos los objetos de metal que cargaban encima (Diego, por simple imitación hizo lo mismo y concluido este despojarse, vio como todos se deshacían de la coca, en un silencio peculiar, parecían prepararse a entrar a la gruta; pasaron diez minutos y tata Pedro entró –el solo- a la gruta y se perdió en ella por cosa de veinte minutos.

Al cabo a una orden dada desde adentro, todos entraron agachándose a la gruta, que resultó ser de medianas proporciones, sin más iluminación que un mechero que detrás de tata Pedro ofrecía una tenue iluminación adicional a la que el ingreso de la gruta dotaba.

Una vez sentados en círculo, Tata Pedro, Gaspar y Hugo empezaron a recitar una letanía en lo que Diego supuso era aymará y dada su ignorancia sobre dicha lengua, no pudo descifrar nada excepto algo así como San Pedro, Santiago y achachilas, la palabra que le intrigó en el léxico empleado por Germán horas atrás.

De pronto, se hizo silencio, y tata Pedro sacó de la bolsa que le entrego la niña minutos atrás un envase plástico, lo abrió, y en un jarro desportillado, vertió una bebida espesa y de verde apariencia, la bebió de un golpe y procedió a llenarlo repetidas veces ofreciéndolo por turno a cada uno de los presentes. Al llegar a Diego, este, -como vio hacerlo a los demás y sin dudarlo- se tomó todo el líquido espeso, y a duras penas pudo refrenar el asco sentido por un sabor realmente desagradable que lo invadió no bien pasó el último sorbo.

Tata Pedro, Gaspar y Hugo volvieron a recitar su letanía en su idioma, y conforme pasaban los minutos, Diego se sorprendió al escuchar sumarse a la letanía ¡en el mismo lenguaje! a Dámaso, y Jorge -quienes posiblemente no conocían el lenguaje ancestral que usaban los primeros- Más sorprendente fue que en pocos minutos ¡Diego se encontró repitiendo la letanía sin errar un fonema cual dominase tal lengua!

Diego no pudo explicarse lo que pasó: sin percatarse, Diego Belaúnde dejó de existir, mas aún Pedro, Gaspar, Hugo, Dámaso y Jorge tampoco existían ya. Una certeza total de ser parte de un gran océano de luces y sombras, gritos, cantos, risas, aullidos, ladridos y llantos invadió su conciencia y se descubrió a si mismo sin forma, nombre, género ni sombra, envuelto por un frío entorno azulado, sin conciencia de tiempo y espacio alguno. Aquello que podríamos llamar “ego de Diego” se encontró rodeado de sonidos inenarrables, imágenes irreproducibles y pareció perder todo tipo de contacto con el cuerpo del ingeniero Belaúnde Junkers.

En determinado momento, sintió la presencia de un ser de proporciones descomunales, que lo miraba sin ojos y que reconocía su esencia: quiso mirarlo, pero le fue imposible: por donde intentase mirarlo, solo veía un humo blanco que sin moverse, parecía rodearlo pero que poseía voluntad en sí mismo, entre dicha bruma, vio surgir primero la silueta y luego la figura de su padre, don Isaac -su padre, el ingeniero fallecido meses atrás-.

Diego reconoció a su amado padre, vio como él le sonreía y extendiéndole amabas manos, lo transportó más allá de la blanca bruma flotando entre chispas de claridad diáfana, tuvieron una conversación largísima, amable y que llenó de dicha a la esencia inmaterial del hijo de difunto ingeniero Belaúnde.

La letanía recitada esta vez solo por la voz de tata Pedro pareció romper el hechizo, tenuemente al principio, pero con mayor volumen e intensidad gradualmente, Diego retomó su conciencia y se volvió a encontrar sentado en un círculo de hombres, en una gruta oscura, con frió y sed, mucha, mucha sed.

Era casi media noche; sin pronunciar palabras, los seis hombres se pusieron sus zapatos, recogieron sus cosas, y sin luz artificial alguna, retornaron en silencio ¡y sin tropiezo alguno! a la humilde casa de tata Pedro. Una vez en ella, quebrando el silencio, todos se despidieron cordialmente y cada cual se perdió en la noche.

En la carretera asfaltada, Diego mantuvo el silencio, mientras Dámaso prendía un cigarro negro y sintiéndose -sin palabra alguna- muy cercanos uno al otro, llegaron a la casa de Diego, donde este último descendió, dio la mano a Dámaso e ingresó a su cómoda casa.

III El nuevo Diego Belaúnde

Un mes después de su experiencia en la lejana gruta, Diego Belaúnde se encuentra en excelentes condiciones: trabajaba con dedicación, mantiene su amistad con Germán y Dámaso y genera mas y mas ideas innovadora en la fábrica, la universidad y el canal 4, no habla con nadie de su experiencia con el tata Pedro, no quiso compartir sus vivencias con ser alguno, y sabiendo que podrían tildarle de loco –o algo peor-, evita mencionar que de tarde en tarde puede comunicarse con su difunto padre, con el tata Pedro (sobre todo los domingos y las noches de movimiento de luna) y claro, conciente de las posibles y terribles consecuencias, no comparte con nadie sus experiencias con los achachilas del ande.

Solo sabe que empezó un camino insospechado para él en décadas de existencia y no está seguro hasta donde llegará, pero no piensa detenerse por motivo alguno.

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Oscar Achá (23-IV-2005)